La tarea del biógrafo consiste en resucitar a los muertos —o eso pensamos— para devolver a la vida a una figura que se ha apartado de nuestra conciencia. Este ha sido el trabajo de toda una vida de dos de nuestros más distinguidos biógrafos. Stacy Schiff ha recorrido (con excepción de su libro sobre Vera Nabokov) los rincones más remotos del tiempo, desde Cleopatra hasta las Brujas de Salem y Ben Franklin. Kai Bird ha elegido figuras más cercanas a nuestro tiempo —Robert Oppenheimer, los hermanos Mcbundy y ahora un sujeto aún vivo, Jimmy Carter—. Se podría decir que los temas de Schiff son *más* muertos. ¿Cómo afecta la proximidad al método del biógrafo? ¿Existe una ventaja en tener la abundancia de documentación ofrecida por los vivos y los casi vivos? O el biógrafo se ahoga en la investigación? Al conocer más, terminamos por conocer menos. Quizá conocer menos sea una ventaja: nos obliga a inventar, o al menos a especular de manera responsable. Claramente, según la evidencia de estos dos biógrafos de gran experiencia, ambos métodos funcionan. Con Stacy Schiff (Las Brujas: sospecha, traición e histeria en Salem de 1692), Kai Bird (El buen espía: la vida y la muerte de Robert Ames), y James Atlas (La sombra en el jardín: un relato de un biógrafo.